¿Por qué nos molesta la manera de ser de los otros?

Ayer se celebró el día mundial del Síndrome de Down, creado por las Naciones Unidas con el propósito de “generar una mayor conciencia pública sobre la cuestión y recordar la dignidad inherente, la valía y las valiosas contribuciones de las personas con discapacidad intelectual como promotores del bienestar y de la diversidad de sus comunidades. Asimismo, quiere resaltar la importancia de su autonomía e independencia individual, en particular la libertad de tomar sus propias decisiones”.

Esta cita, me lleva a reflexionar acerca del asunto de la “inclusión”, porque parece ser que ahora todas nos decimos “inclusivas”, ¿será eso cierto? Porque la inclusión implica no juzgar al otro, aceptarle tal cual.  Y para efectos de esta publicación, no me refiero a aceptar a una persona con discapacidad intelectual, ¡no, qué va, podría ser mucho pedir!  Hablo de aceptar a mi pareja porque piensa diferente, a mis hijos porque no se comportan como “yo digo”, a mi nuera porque no trata como yo trataría a mi “bebé”, a la vecina porque es una mujer “rara”… en fin.

Cuando hablamos de aceptar la diferencia en los otros no se trata de que “cada uno hace lo que quiere y no se mete con los demás”, porque eso promueve que cada quien se encierre en su burbuja y eso no es tolerancia; la tolerancia implica respeto, implica aceptación del otro en su dignidad irrenunciable como persona, con toda su historia, con todas sus virtudes y defectos.

Esa persona que no piensa, se ve o habla como nosotros es a menudo sujeto de comentarios despectivos, ofensivos o bien de gestos y caras que si alguien nos las hiciera a nosotros, posiblemente nos haría llorar.

¿Cómo podemos ser mujeres libres, autónomas e independientes si lo que alimenta nuestros días es el comentario negativo, la desaprobación y ver la paja en el ojo ajeno? ¿Por qué quiero que las personas hagan lo que digo? ¿Por qué me enoja que no me respondan lo que espero?  Son muchas las preguntas que podríamos hacer aquí, pero eso no conduce a nada, lo que interesa es que cada una de nosotras reflexione en aquello que nos molesta de quienes nos rodean.  Valoremos en cada persona de nuestro núcleo familiar eso que tanto nos molesta y trabajemos en ir poco a poco, cambiando nuestros pensamientos negativos en positivos.

Y no sólo actuemos en nuestra familia, ¡cambiemos nuestro entorno! ¿Han observado el gesto en las caras de las personas que están en la fila de un supermercado?  ¿Estarán así de amargadas porque les hace sentir miserables en simple hecho de hacer una fila, o porque tienen las manos ocupadas y no pueden consumirse en su teléfono? ¿Por qué no cambiar la actitud y comprender que hacer una fila en un supermercado es una bendición, habiendo tanta gente que no tiene dinero ni para comprar lo básico? ¡Ah, qué conformista!, dirán algunos… pues no.  Se trata de “ver” todos los momentos de manera positiva, de agradecer y valorar la simpleza de cada instante.  A lo mejor así, salgamos del supermercado con una sonrisa y podamos iluminar nuestra vida y la de los otros.

«Todo lo que te molesta de otros seres, es solo una proyección de lo que no has resuelto de ti mismo»  Buda.

Meditemos en esta frase de Buda, es clara, aguda y debe provocar en nosotros un cuestionamiento profundo, dediquemos tiempo para analizar eso que tanto nos molesta de los otros, a la luz de esas palabras.

El mundo es un hervidero de violencia, pero está en nuestras manos convertirlo en un remanso de paz.  Las mujeres somos por naturaleza pacientes, amorosas, dedicadas y entregadas a aquello que amamos.  Comencemos por amarnos a nosotras mismas, dejemos de perder el tiempo en estar esperando que otros cambien, cambiemos primero nosotras y demos ejemplo, porque la primera que debe aceptarse así como es, es cada una de nosotras. 

Ojalá pudiéramos tener siempre el corazón abierto y disfrutaremos a cada instante la simplicidad y bondad con que viven las personas con Síndrome de Down, quizás seríamos mucho más felices, menos complicadas y estaríamos mucho más dispuestas a aceptar a los demás.

Enseñemos a nuestros hijos, seamos ejemplo de cómo se respeta la autonomía y la independencia individual de todo ser humano, en particular la libertad de cada quien para tomar sus propias decisiones, eso nos hará más libres y plenas.  ¡Adelante, tenemos mucho por hacer!

Un abrazo, Vane

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