Creí que lo había perdonado…

…Lo que hay en mí es más fuerte que yo mismo.

– Camus

Cuando me casé, yo tenía 19 años y el 34.  Yo me casé para toda la vida… él era mi príncipe azul, el hombre que había soñado siempre.  Siempre le creí, siempre confié en él, pese a que desde el inicio era frecuente que él llegara tarde, aduciendo que se iba con amigos a tomar tragos.  Siempre le creí, nunca pregunté con quién andaba o de dónde venía, sólo creía en él y le amaba profundamente.

Cuatro años después de casados, nació nuestra hija y su llegada me hizo la mujer más feliz del mundo.  Ser ama de casa y atender a mi esposo e hija era lo mejor que me había pasado, realmente en esos años fui muy feliz.

Siempre creí que todo estaba bien, aunque mi esposo siguió llegando tarde y sucedía alguna que otra cosa que me parecía extraña, jamás sospeché de él.  Hasta que un día, la evidencia llegó a mí, sin pretenderlo, sin buscarlo y era contundente.   En un instante, el hombre de mis sueños, el amor de mi vida, el padre de mi hija… tenía un amorío con una mujer de su trabajo.   No fue casual, llevaban tiempo en esa relación.

Recuerdo muy bien ese día, bajé del cielo al infierno.  Todo mi mundo se derrumbó y quedó en cenizas.  Ese día sentí que había dejado de existir y que ya nada tenía sentido.   Mi esposo trató de explicarme, suplicó perdón y como siempre… dijo que a quien él amaba era a mí.

¿Algo de esto te suena conocido?  Espero que no, ojalá nada de esto se parezca a tu caso y no hayas tenido que enfrentar el infierno de la infidelidad.

No puedo decir que le creí, pero era un excelente padre para mi hija y decidí quedarme con él.  Me dediqué a tratar de “perdonarle”.   Realmente creí que podría amarlo de nuevo, me esforcé por volver a confiar en él y mantener el hogar que habíamos tenido por tantos años.  Ese fue mi error, porque él cerró el asunto y yo no volví a decir nada.

Como esposa, me fui muriendo poco a poco, porque yo puse mis sentimientos de último y me hice la falsa idea de que todo estaba bien.  Sin embargo, en cada gesto, en cada beso, en cada mentira que fui descubriendo, dejé pedazos de mi alma.  Entonces me resigné, dediqué toda mi energía a criar a mi hija y estudiar.  Poco a poco ella crecía y yo… leía más libros, tenía más títulos, otra carrera y hasta había logrado ser profesora de algunos cursos en una universidad, eso me permitía criar a mi hija y también realizarme.

Pasaron los años, veintiuno para ser exactos… sí lo sé, es mucho tiempo.  En especial porque jamás volví a creer en mi esposo y mucho menos a amarle.  Lo que yo sentía era más bien la nostalgia de lo lindo que pudo haber sido, de lo mucho que yo le había amado antes.  Sin embargo, las repetidas mentiras  de mi esposo y el tremendo control que tenía sobre mí, así como sus dudas eternas por sus celos hacia mí (“cada ladrón juzga por su opinión”), terminaron con mis últimas intenciones de solucionarlo.

¿Me quedé con él, por mi hija?  No, no es cierto.  Me quedé porque creía que podría olvidar, hacer que me amara y así no perderle.  Me quedé porque creí que mi amor era suficiente y olvidé que un matrimonio es de dos.  Porque por más que alguien entregue hasta su dignidad, no va a funcionar si ambos no ponen lo mejor de sí.

Con los años, yo no pude olvidar su infidelidad y él, se dio a la tarea de dañar aún más lo que ya estaba roto.  Detalle tras detalle, siempre había algo que me hacía sospechar de sus infidelidades.  No sé cuántas fueron, perdí el rastro cuando ya había dejado de importarme.

Veintiún años duró mi matrimonio, un largo duelo que me consumió.  Puse todo, di todo hasta que ya no tenía nada que perder.  Por eso, cuando terminó ya no me importó que él me acusara de que había otra persona en mi vida. “Celos y reproches a estas alturas”…  ya me había perdido hacía muchos años y no había vuelta atrás.

Una vez sola, lo más difícil fue perdonarme a mí misma.  Perdonarme por cargar tanto dolor, porque haberme hecho responsable de él y su vida, por haberlo dejado manipularme, herirme y humillarme.  Por no decir “no más” muchos años antes.  Perdonarme por las noches de dolor y llanto, por haber creído que todo estaba bien, pero en especial perdonarme por no haber visto que yo era la única interesada en sacar adelante esa relación y nuestra familia.

Con él tiempo sané, me dediqué a trabajar en mí, en comprenderme, en amarme y ser feliz.

Pronto compartiremos contigo el mismo diario y las herramientas que me ayudaron a sanar y a darme cuenta de lo bella que yo puedo hacer mi vida, sin importar las experiencias del pasado.

Yo me empoderé, salí de un círculo de agresión y ahora soy “Loca y libre”.

¡Juntas podemos sanar!

Un abrazo fraterno,

Vane.

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